“ Andábamos de boliche en boliche con unos amigotes de la primera y en una de esas encaro a una minusa bien pinchada que planchaba en un rincón. No sabes el susto que me pegue cuando descubrí que estaba abrazada a un perro… Seguí de largo y no dije nada, gustos son gustos. Al rato aparecimos caminando por Alem, ¡qué farra viejo! Entre el batifondo de piernas y caras, surgió la cabeza del perro que me miró con sonra. Quedé perplejo, paralizado, y en cambio mis amigos no lo advirtieron. Arrebatado propuse que rajáramos del centro para ir a una festichola que se daba en un barrio alejado (por la zona del Alfar). El bondi nos dejó en un lugar silencioso, de sombras mortecinas y calles diagonales. No tardamos en reconocer que andábamos perdidos, dando vueltas sin brújula. Y ya te imaginás lo que pasó: en una esquina nos esperaba un perro fanfarrón. Esta vez nos siguió a una distancia prudente, con marcha cansina imitaba nuestros movimientos; si doblábamos doblaba, si parábamos paraba y pare...